Hubo una temporada que la ciudad estaba llena de gente, salíamos de fiesta los sábados y dicha fiesta ocupaba todo el casco antiguo de Oviedo. Las voces de los jóvenes retumbaban de fondo y el amor se percibía en las miradas de los anteriores. Todo esto ocurrió en el año 2008; yo aún inexperta en la oscuridad ovetense tenía prisa con adentrarme en ella y descubrir todos sus recovecos más pasionales. Me daba pavor ir de tarde con mis padres hacía la calle Uria ya que temía encontrarme con alguna cara conocida que me mirase por encima, creo que sabréis a que me refiero; el clásico chico del colegio mayor que tú que ya andaba suelto e independiente por los garitos más sucios y, de repente se cruzaba conmigo, la chica pringada que aún caminaba de la mano de sus antecesores. Cómo narices les iba a llamar la atención cuando nos veíamos por los pasillos entre clase y clase. Soy consciente de que parezco una adolescente con mis escritos, pero también lo soy de que si lo hago es porque no quier...