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8 nov 24

Hubo una temporada que la ciudad estaba llena de gente, salíamos de fiesta los sábados y dicha fiesta ocupaba todo el casco antiguo de Oviedo. Las voces de los jóvenes retumbaban de fondo y el amor se percibía en las miradas de los anteriores. Todo esto ocurrió en el año 2008; yo aún inexperta en la oscuridad ovetense tenía prisa con adentrarme en ella y descubrir todos sus recovecos más pasionales. Me daba pavor ir de tarde con mis padres hacía la calle Uria ya que temía encontrarme con alguna cara conocida que me mirase por encima, creo que sabréis a que me refiero; el clásico chico del colegio mayor que tú que ya andaba suelto e independiente por los garitos más sucios y, de repente se cruzaba conmigo, la chica pringada que aún caminaba de la mano de sus antecesores. Cómo narices les iba a llamar la atención cuando nos veíamos por los pasillos entre clase y clase. Soy consciente de que parezco una adolescente con mis escritos, pero también lo soy de que si lo hago es porque no quiero olvidar lo que estoy sintiendo en este momento, sin afán de publicar nada, sin necesidad de que me lea nadie, solo quiero no olvidar. Y es que la causa que me trajo hoy hasta aquí es la siguiente: me hallaba tomando mi clásica infusión -inefectiva- para generar sueño y mientras, me puse a leer conversaciones antiguas. No entiendo de física o química pero creo que sí tomo algo que active la melatonina mientras visualizo contenido que me genera dopamina... la reacción es caótica, por ende da lugar al estado de alerta que ahora mismo está sucendiendo. 

Pues bien, ligado a lo anterior encontré una foto de un amigo con su novia sentados a ambos lados de la estatua de Mafalda, a él se le ve tímido, cohibido (la pose de sus piernas y hombros encogidas delatan lo que describo) sin embargo en la cara se percibe un atisbo de felicidad y de que ese momento está siendo completamente satisfactorio. La foto esta enmarcada en un portarretratos de madera antiguo y la tenía en el salón. A mí me la paso de repente, sin esperar respuesta. Solo quería que fuera consciente de su felicidad y compartirla conmigo. Y qué feliz me ha hecho volver a verla. ¿Por qué siempre escribo sobre él? ¿Por qué es más fácil hablar de los que ya no están con nosotros?

Pienso mucho en mi abuela, murió el 13 de Enero de este año. El 13 de mayo mí padre tuvo un susto de los que por poco le quitan la vida. Ya no es él de antes, pues el miedo y la depresión se apoderaron de su cabeza. Luego esta mi hermana, que está, consciente de lo que pasó pero sin mostrar un ápice de pena por ello. A veces la envidio, sólo a veces. 

La ciudad se ha quedado silenciosa con los años. En ocasiones salgo los sábados de tarde al centro a pasear con mis padres y, cuando veo a algún conocido salir de algún bar más decente de los que abundaban en aquel 2008 lo saludo e incluso me paro a hablar. Qué suerte la mía de seguir haciendo ruido (aunque sea un poco).

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