El 2000 permeó en mi vida de una manera incisa.
Inmediatamente me vi en la esquina del colegio con mi madre, esperando a que mi padre y mi hermana llegarán en coche, yo me salí a la carretera al ver una flor azul oscuro como aterciopelada en el suelo. Podría decirse que era de los chinos pero como de aquella no existían diré que de los veinte duros. La cogí, me monté en el coche y llegamos al piso de mis abuelos. Ansiaba llevarle la flor pero me metieron en la cocina y cuando intenté asomarme a la habitación donde estaba guelu, solo veía a mi abuela llorando mientras un grupo de familiares la consolaba. Volví a la cocina, me pareció demasiado violento meterme ahí, una niña de 6 años no tiene conciencia de lo que es la muerte pero sí de que las personas se van y no vuelven nunca, y sabía que era lo último lo que estaba sucediendo.
Cuando me arme de valor para llevarle la flor a guelu -algo en mí creía que al dársela iba a resurgir- una chica de pelo corto castaño y labios rosáceos me bloqueo la salida y me dijo: y tú a dónde crees que vas. Inmediatamente retorne en silencio y me quede con la flor en la mano.
Fue a los 10 minutos cuando una prima de mi madre decidió llevarme de ahí por qué era demasiado tétrico para alguien de tan temprana edad. Lo último que escuché mientras salía fue a mi madre decir que “seguramente le esté llamando Andrés”. Y oscuridad eterna.
Viví pocos años con mi abuelo, pero me siento arropada por él. A menudo mencionaba que me parecía a su madre y se con certeza que si algo te evoca fraternidad le coges cariño.
Pero lo que sí me trae a la memoria ese 2000 fue un verano soleadísimo, seguro que guelu intento proyectar todo su positivismo en nosotros trayéndonos uno de los veranos más calurosos que alberga mi mente.
Uno de los últimos días de agosto corría por un prado que tenía como muchas pendientes, y cuando me subí a una sin quererlo el sol se empezó a esconder. Fue el primer atardecer que visioné y en el que pensé que la vida es muy guay para estar triste, que eso nadie lo quiere, que mi abuelo destilaba sonrisas y buenrollismo y que yo tenía parte de su esencia en mis venas. Si algo me define es que “soy todo risa” como dicen mi primo y mi abuela al hablar de mí ante cualquier desconocido.
No hubo veranos tan calurosos, no hicieron falta; aprendí bien la lección. Unos años más tarde me reencontré con él pero eso ya es otra entrada que ahora me llega la salida del turno y tengo sueño.
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